OFICIOS PARA EL RECUERDO: LOS SEGADORES

 
 

"Las espigadoras de Millet"  pintado a mitad del siglo X I X
          Metidos de lleno en este tiempo invernal donde los días son cortos y fríos apetece sentarse en cuanto anochece alrededor de la lumbre y dejar que la imaginación nos lleve a otro tiempo y época del año como el verano donde los días, por el contrario, son largos y calurosos.

Era el mes de julio de un año cualquiera, antes por supuesto de que aparecieran por nuestras tierras las gavilladoras, las atadoras, las segadoras y las modernas cosechadoras. Durante el día el canto de las chincharras (cigarras) enmudecía los campos y por las noches los grillos formaban un estruendoso coro. Las espigas estaban bien granadas y doradas dispuestas para la recolección.

Era el momento preciso de realizar uno de los trabajos más duros del año: la siega. Primero se segaban las cebadas, luego los trigos, los centenos y por último las avenas. Lo hacían nuestros abuelos, tíos y demás vecinos, pero en algún momento puntual venían cuadrillas de segadores (principalmente procedentes de la Rioja) que se iban desplazando de un lugar a otro según se acababa su misión. Los agosteros venidos de fuera se alojaban en casa "de los amos". Iban ataviados con ropa dura y desgastada para la ocasión: pantalones azules de algodón, camisa de manga larga de algodón también, un pañuelo anudado al cuello, un gran sombrero de paja para protegerse del duro sol de la meseta y los pies cubiertos con abarcas con gruesos calcetines y una alforja al hombro.

Máquina gavilleraSu labor era dura. Trabajaban de veinte a treinta días y sólo se paraba en una ocasión, el 25 de Julio, día de Santiago. Se levantaban al amanecer. En ese momento, las seis de la mañana, en el silencio de las calles de Muriel de la Fuente resonaba el primer toque de campanas del Ave María, al alba, que anunciaba el inicio de su dura jornada. Pero antes de partir había que tomar las primeras fuerzas a base de una copa de anís y pastas caseras. Cogían sus aperos (hoces y zoquetas) y se desplazaban a las fincas situadas en los parajes de "El Vallejo", "la Vega Maguillo", "Las Toberas", "Los Llanos",... y comenzaban el tajo. Era una laboriosa tarea de ir segando la mies y atando las primeras gavillas y formando los haces.

A las nueve de la mañana la figura del acarreador vaticinaba el primer merecido descanso. Transportaba en las mulas y metidos en cestas y serones el almuerzo que consistía en sopas de pan, torrenillos y chorizo. Acompañado por supuesto igual que en otras comidas con vino de la bota y agua fresca del botijo.

Se volvía a la tarea y un poco antes del toque de las campanas que anunciaba el Ángelus a mediodía, sobre las once u once y media, se hacía otro alto para charlar animadamente, descansar y comer "el tomapán". Se componía de patatas fritas con cebolla, huevos revueltos, lomo y costilla en adobo. Después vuelta a agacharse y a cortar las espigas con las hoces. De vez en cuando un buen trago de agua o vino para reponerse.Zoquetas

La siguiente parada no era anunciada por el tañir de ninguna campana sino por el rugir del estómago y el sol de Muriel de las dos de la tarde (por todos comprobado). Se buscaba una buena sombra y volvía a aparecer el acarreador quien después de realizar un viaje a las eras para dejar las gavillas volvía con la cesta repleta de nuevas vituallas.

Esta vez le tocaba el turno al cocido. Se vertía en fuentes y todos en corro daban buena cuenta de él: sopa, garbanzos, carne, tocinillo y bola. Como la digestión era un poco pesada y el cansancio y el calor apretaban cada cual se buscaba un nuevo cobijo para dormir la siesta.

Se volvía al tajo hasta las siete de la tarde  para tomar el último refrigerio del día en el campo. Era una merienda fuerte a base de judías pintas, cordero guisado con tomate y tortillas de jamón o patata. Se seguía laborando hasta que la luz del día lo permitía y que casualmente coincidía con el último toque de campanas del sacristán, el de "la Oración".

En ese momento nuestras tierras se quedaban vacías de ruidos, charlas, conversaciones, idas y venidas de los segadores y acarreadores,... hasta una nueva jornada de un día cualquiera del mes de julio allá por la década de los años cuarenta. 

 

                                                                                          Eva Serrano Sanz

 
         
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