Volvió a su pueblo, en la comarca de Ciudad Rodrigo, tras haber vivido y trabajado en Madrid como fotógrafa freelance. Ahora se dedica a la artesanía en madera. Vicenta fue la última niña que estudio en la escuela del pueblo y, quizá por eso, vive totalmente implicada con el desarrollo del municipio. Su mente es un hervidero de ideas y proyectos.

 


arrinconados y que ahora volvían llenos de sentido, trasmitiéndole nuevos motivos por los que continuar en el pueblo. Hace años podía haber unos doscientos habitantes. Dos escuelas, panadería, herrería, zapatería, peluquería.. todos los oficios. Hoy día, habitantes habituales constantes no llegamos a cuarenta personas. “No queda nada, por supuesto no hay tiendas, La escuela se cerró cuando me fui yo. Los pueblos tienen que seguir viviendo y me encantaría que viniera gente”.

Vicenta fue conociendo el trabajo de la talla ayudada por otros artesanos que la orientaron en las técnicas precisas. El pueblo aportó, al cabo de un tiempo, un ingrediente más: Vicenta vio la posibilidad de comprar una casa y rehabilitarla para dedicarla el turismo rural. La decoró ella misma. La iniciativa se convirtió en el mejor complemento para su taller: una exposición permanente de la que surge su clientela.
 

“El pueblo tiene cosas muy positivas. Sobre todo la tranquilidad y la calidad de vida,  pero para vivir en sitios así es importantísimo estar todos relacionados y compartir. La idea del pueblo ha cambiado mucho. El grave problema para los jóvenes que quieren afincarse aquí es que sus hijos están en edad escolar y los inviernos tendrían que estar internos en Ciudad Rodrigo”. A eso, añádele problemas sanitarios. Y acto seguido continúa con otro tema, el problema de los mayores: los hijos se los llevan con ellos. Porque no hay un tema médico ágil que resuelva los inconvenientes que puedan surgir, ni ayuda a domicilio o centros de día. “Estas circunstancias son las que llevan a la despoblación y a que no vengan personas al medio rural. Tiene que haber medidas muy fuertes para intentar solucionar esto. Si no, poco a poco todos estos pueblos alejados de núcleos grandes acabarán muriendo"

 

No nos engañemos. Lo de Vicenta no es muy habitual. Seguir los impulsos no es muy corriente. Los ahogamos en cientos de razones. Hay veces, sin embargo, en que la razón es autoengaño.

 

 
 
REFLEXIONES DE UN RETORNADO AL PUEBLO

 

 
 

Vicenta Álvarez     Retornada. Emprendedora.

Comarca de Ciudad Rodrigo    (Salamanca)

   
 

  Para qué engañarnos, no es muy habitual. A la mayoría de las personas les cuesta seguir sus impulsos, los ahogan en cientos de razones. Y aquello de Vicenta fue un impulso. Algo que te toca una tecla-resorte-fibra situada muy en tu interior y que, al cabo de unos meses, hace que tu vida haya cambiado completamente.

  Una talla en madera de olivo se cruzó en el camino de una fotógrafa freelance y la convirtió en artesana. Ocurrió en Madrid. Desde el escaparate de una tienda, aquella pieza gritaba todo un porvenir. La fotógrafa contestó al instante: eso lo hago yo, musitó. Y cuando regresó a visitar a sus padres al pueblo, este rincón salmantino cercano a Portugal, los troncos de los olivos y los restos de raíz la atraparon definitivamente.  

  Al principio, como nadando entre dos aguas, volvía muy a menudo a Madrid: "Disfrutaba mucho del ambiente cultural, es muy importante para mi; es lo que más echo de menos. Fue un venirme paulatino. Mis amistades se acostumbraron a que estaba aquí, me veían bien, me visitan. Y bueno, les gusta lo que estoy haciendo". En la vuelta aparecieron muchas cosas: "Desde la infancia me gustaba salir a la calle, al jardín, a comer una naranja; ahí, sentada al sol.

  Es un momento... sigo haciéndolo. Tomarme el bocadillo, coger la naranja y salirme al sol". Recuerdos que habían quedado

   
         
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